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25.4.10

El descubrimiento del Laoconte


Se iniciaba el s. XVI y toda Roma era un hervidero artístico y cultural. El resurgimiento del antiguo esplendor romano era parte central de la nueva forma de ver el Mundo: Nos hallamos en pleno Renacimiento italiano.

Fue en este marco en que sucedió un hecho realmente destacable: El 14 de Enero de 1506 un campesino llamado Felice De Fredis se topó con 9 fragmentos de una estatua de mármol, mientras labraba sus viñedos en la colina del Esquilino. Estos hechos pronto llegaron a oídos del Papa Julio II quien rápidamente envió a su arquitecto Giuliano da Sangallo (quizás acompañado de Miguel Angel) a inspeccionar el nuevo descubrimiento.

Aunque no era raro que el suelo romano expulsara de vez en cuando restos de tiempos pasados, desde el principio fue obvio que no se trataba de un hallazgo cualquiera. Para sorpresa de todos, quedó claro que aquel conjunto de miembros y torsos de blanquísima piedra pertenecía a uno de los grupos escultóricos más célebres de la historia: El Laoconte, una escultura que había pertenecido al mismísimo emperador Tito. ¿Cómo podía una estatua ser tan famosa, incluso para los humanistas del Renacimiento italiano, que la contemplaban maravillados 1500 años después que lo hiciera el verdugo de Jerusalén? La razón es simple, si nos atenemos a lo que el mismo Cayo Plinio Segundo dijo de ella en el s. I dC, en el libro XXXVI de su Historia Natural:

"…el Laoconte, visible en el Palacio del Emperador Tito, es una obra preferible a todo lo que las artes de la pintura y la escultura han producido jamás"

El hallazo del Laoconte fue un sueño hecho realidad para los artistas y mecenas del Renacimiento, ansiosos por devolverle a Roma su antigua gloria.Así pues, para Marzo de 1506, el Papa Julio II ya había conseguido que el Laoconte pasara a engrosar su ya extensa colección de antigüedades, y en Julio la hizo transportar, como si se tratara de un antiguo desfile triunfal, por las calles de Roma. Las multitudes se agolpaban a banda y banda de las calles, y a su paso cubrían al Laoconte de pétalos de flores mientras el Coro de la Capilla Sixtina entonaba himnos solemnes. La procesión finalizó con la entrada de la escultura en el Cortile del Belvedere, el patio que Bramante diseñó para los Palacios Vaticanos... sin lugar a dudas, una celebración a la altura del hallazgo del siglo.


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