El tema de la historicidad de Jesús es un tema complejo. Resulta difícil encontrar testimonios históricos fiables en las fuentes escritas, que no hayan sido manipulados o malinterpretados a lo largo de los siglos. Respecto a los restos arqueológicos, encontrar algún objeto, inscripción o similar que nos hable de Jesús es como intentar encontrar una aguja en un pajar. Por todo ello, si uno lo que quiere es intentar aproximarse al personaje histórico (si es que lo hubo), lo mejor es cargarse de paciencia y de buen ojo, ya que la tarea es compleja y difícil. Llevaba tiempo queriendo escribir sobre este tema, ya que, al margen de las creencias religiosas de cada uno, es innegable que Jesús ha sido una de las personas más determinantes a la hora de configurar nuestra realidad social y cultural. De hecho, nuestra civilización no se entiende sin su figura. Nadie, ni católico ni ateo, ni creyente ni pasotilla puede negar este extremo.
Comentando esta inquietud mía con algunos amiguetes blogueros, Luis Caboblanco recogió el guante que le arrojé y pletórico de entusiasmo juvenil se lanzó a escribir este post que hoy os publico. Es una primera aproximación a la cuestión, que espero podré ir desarrollando en breve yo mismo.
Os recuerdo que esto es un blog de historia abierto a todo el mundo, así que, como preveo que este tema será controvertido, os animo a enviar vuestras opiniones, ya sean en un sentido u otro.
Empezamos...
La cuestión de la historicidad de Jesús
Jesús de Nazareth es el nombre de un varón judío, que vivió en la Judea ocupada por los romanos, y que fue crucificado en tiempos de Poncio Pilatos, alrededor del año 30 de nuestra era. Vaya esto por delante... y lo digo porque la mayoría de las personas tiene serios problemas para aproximarse al personaje histórico de manera más o menos objetiva y racional, en caso de que esto último sea efectivamente posible. Cierto es que ocuparse de una manera laica de este asunto es, a priori, complicado, pero hacerlo con el zurrón cargado de apriorismos o prejuicios solo nos impide, empero, percibir en su justa medida a aquel que para una buena parte de los ciudadanos de este carcomido planeta, es nada menos que el hijo del altísimo. El problema, más allá de condicionantes educacionales, es la tremenda escasez de fuentes de que “disponemos” y el regusto sesgado de la mayoría de ellas, que más que ofrecer luz, lo que provocan son exiguos fogonazos sobre los que inmediatamente vuelve a cernirse la oscuridad más absoluta... y en este escenario de tinieblas, la tentación de recurrir al asidero de la fe o a la barandilla de la razón, es demasiado poderosa.
Y lo cierto es que no avanzaremos demasiado con la ayuda de solo una de ellas; el recurso a la razón, a la duda absoluta que pide Descartes, es tan imposible de obtener en el cerebro de un hombre como el vacío en la naturaleza y la operación intelectual por la cual podría conseguirse es tan antinatural para la psiqué humana, que podría tornarse monstruosa. El hombre, sea lo que sea, siempre cree en algo, y ya que es su propia naturaleza la que le gobierna, mejor reservar una pequeña parcela a esa necesidad incontrolable y dejar que sea la fe la que gobierne el alma, y obligar a que, en cambio, sea la razón la que intente contestar a las preguntas que puedan calificarse de científicas.
Una vez definido, al menos, los límites de este debate, debemos aceptar que la investigación histórica sobre Jesús de Nazareth ha sido siempre terreno resbaladizo. Hechos reales, suposiciones y meras leyendas se confunden y entremezclan a causa de lagunas documentales y de la evidencia de la que la mayoría de la información disponible proviene de sus seguidores, parte interesada por tanto. En cualquier caso, la vida de Jesús, tal y como nos ha llegado es totalmente antinatural: nació de una virgen, fue autor de numerosos portentos de toda especie, predijo el futuro y resucito después de su muerte; al lado de todo esto, por ejemplo, la imagen de un indígena maya observando el firmamento en lo alto de uno de sus templos nos resulta casi asumible. Para colmo, no solo intentamos atribuir al hijo de Dios tal o cual cosa, sino que además pretendemos interpretarlo, saber si quería o no hacer determinada cosa, como fundar una Iglesia, o le atribuimos una conciencia mesiánica – yo soy el principio y el fin... – que difícilmente podemos saber si tuvo. Hemos concretado voluntariamente como debió de ser y no nos hemos preguntado que es lo que realmente sabemos de él... Ofrezco pues mi modestísima contribución.
Indice:
- La historicidad de Jesucristo (I): La cuestión de la historicidad de Jesús
- La historicidad de Jesucristo (II): ¿Qué nos dicen las fuentes acerca de Jesucristo?
- La historicidad de Jesucristo (III): La muerte de Jesús y la fundación de la Iglesia cristiana
- La opinión del lector
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