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21.2.08

De vertedero a montaña, el Monte Testaccio en Roma

La historia de este relativamente pequeño monte es muy curiosa, y significativa de la planificación y pragmatismo de los antiguos romanos.

Básicamente, la ciudad de Roma recibía cantidades ingentes de ánforas que, cabe recordar, eran la base del transporte de bienes y productos en aquella época. Dichas ánforas tenían una vida útil limitada, ya sea por el producto que contenían, que maleaba sus propiedades de conservación, o bien por que por su propio uso se iban deteriorando. Los romanos, haciendo gala de su espítitu organizador, decidieron que las ánforas no podían ser desechadas y abandonadas sin orden ni concierto, y por ello designaron un espacio para su depósito, en aquel momento un planicie. Dicho proceso comenzó en el s. I dC.

3 siglos más tarde y depositados 25 millones de ánforas, lo que había sido una llanura pasó a ser un monte en toda regla, con una altura de cerca de 50 m., un perímetro de 1490 m., y con una superficie total de aproximadamente 22.000 m2..

Cabe destacar la contribución hispana a la construcción de dicho monte, ya que gran parte de las ánforas procedían de la Bética, de donde se importaban grandes cantidades de aceite de oliva. El resto, del norte de África (en particular, de las actuales Túnez y Libia). Dichas ánforas llegaban originalmente por vía marítima al primer puerto de Roma, Puteoli (Pozzuoli). Posteriormente los puertos de Claudio y de Trajano, en la desembocadura del Tíber, se convirtieron en el principal punto de distribución de mercancías y de viajeros.

El destino final de una carga de ánforas eran los almacenes situados a los pies del Aventino en Roma. En esta zona se formó el Monte Testaccio, el gran vertedero de ánforas usadas, que paradójicamente 2000 años después se ha convertido en un extraordinario filón de datos para la historia económica del Imperio romano.

"Construcción" de la montaña

Hacia 1968 Emilio Rodríguez Almeida, un epigrafista español transplantado a Italia, retomó la prospección de superficie del Monte Testaccio y propuso la hipótesis de que el Monte era el resultado de una descarga organizada en fases de acumulación sucesivas: desde Augusto hasta el s. III d.C. Las excavaciones han confirmado que el Monte está compuesto por dos plataformas contiguas con perfil escalonado y han permitido también comprender los modos de organización de las descargas.

Primero, se depositaba una fila de ánforas a las cuales se les rompía la parte inferior para rellenarles el interior con los tiestos procedentes de la rotura de otras ánforas; esto se hacía con el fin de hacer la deposición más estable. Detrás de esta fila se realizaba la descarga hasta alcanzar los 60 cm de altura (que coincide con el diámetro de estas ánforas). Obtenido de esta forma un piso se construía otra fila encima, ligeramente retraída y al tresbolillo, y se repetía el procedimiento.

Las ánforas del Testaccio, fuente histórica de primera magnitud

Sobre las ánforas romanas se escribían una serie de datos, en un cierto sentido equivalentes a las etiquetas de los recipientes modernos.

Las ánforas olearias béticas, con su conjunto de información particularmente complejo, llegaban a millares a los almacenes (horrea) de Roma. Allí, trasvasado su contenido a recipientes más pequeños, venían abandonadas en una descarga a lo largo del tiempo, el moderno Testaccio, donde, por sus características particulares - los tiestos eran recubiertos de cal para evitar los malos olores -, se han conservado una gran cantidad de información epigráfica.

El conjunto epigráfico de un ánfora bética estaba hecho en dos momentos distintos : las marcas impresas (sellos) y las incisiones (grafitos) que se hacían antes de que la arcilla estuviese cocida, después las inscripciones pintadas (tituli picti), con tinta negra o roja que venían realizadas en el momento del envasado o con posterioridad.

Los sellos dan información, sobre todo, del propietario del aceite, representado con tria nomina (generalmente abreviados con tres letras) pero, a veces, aparecen también los nombres de los productores o de los hornos (fliginae) donde era fabricada el ánfora.

Los grafitos ante cocturam, son en general siglas, frecuentemente numéricas, que indican lotes de ánforas. A veces incluyen una información más completa, indicando el día o el año de fabricación y el nombre de quienes controlaban la producción.

Las inscripciones pintadas (tituli picti), que se pueden encontrar sobre el cuello, sobre la espalda, y sobre el vientre, indican la tara, el nombre del mercader y el peso neto. Así etiquetadas las ánforas eran sometidas a los controles de los empleados del Fisco. Éstos, efectuadas las verificaciones del peso anotaban, en caracteres cursivos, generalmente bajo una de las asas, el nombre del lugar del control, el año consular, el peso exacto y el nombre del controlador.

La Bética, potencia exportadora de aceite de oliva

La provincia romana de la Bética (Andalucía, España) era, según los historiadores romanos, una de las grandes productoras de aceite de oliva. Ya Estrabón, en época de Augusto, afirma que a Puteoli (Pozzuoli) llegaban de la Bética numerosas naves, de gran tamaño, con productos alimentarios, entre ellos el aceite.

La prospecciones arqueológicas realizadas en el valle del Guadalquivir han demostrado que la zona de producción de aceite y ánforas se concentraba entre Córdoba, Sevilla y Écija. Zona con la forma de un rectángulo de cerca de 149 x 37 km.; dividida en diagonal por el Guadalquivir, que aquí recorre más de 90 km. Este área fue ampliamente habitada desde la antigüedad, debido a la riqueza de sus yacimientos minerales, que fue la causa principal de la prosperidad y el desarrollo económico de la región. La agricultura se convirtió rápidamente en uno de los pilares de la actividad económica, gracias a la fertilidad del suelo y a la disponibilidad de agua dulce.




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Un Robin Hood de la antigua Tebas

Visto en elPais.es


"Afloja tu arco, depón tus flechas", puede leerse en las Aventuras de Sinuhé, el gran texto narrativo del Imperio Medio egipcio. La frase podría servir de epitafio de Iqer, el arquero de la misma época, hace 4.000 años, que ha encontrado, con sus arcos y sus flechas, el equipo español que excava las tumbas de Djehuty y Hery en la necrópolis de Dra Abu el Naga en la orilla oeste de Lúxor. La momia de Iqer ha aparecido en un ataúd de madera con inscripciones jeroglíficas que incluyen su nombre mientras se excavaba el patio exterior de la tumba de Djehuty.

"El enterramiento está intacto y en muy buen estado", explica por teléfono el director del equipo, el egiptólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) José Manuel Galán, desde su base de operaciones en el hotelito Marsam, junto al templo de Merneptah. "Las inscripciones del ataúd, en los cuatro lados y la tapa son preciosas, con invocaciones a Osiris, Anubis y Hathor, a la que se le da el poco frecuente título de Señora del Cielo. Iqer aparece sin títulos, pero junto al ataúd, a la altura de la cabeza, encontramos cinco flechas clavadas en el suelo, aún con plumas, y dentro, encima del cuerpo, dos arcos largos, con las cuerdas puestas, aunque rotas".


Aún es pronto para saber si los arcos estaban usados o se les dio "muerte ritual", si Iqer presentaba las durezas de los dedos típicas de los arqueros u otros indicios físicos de la práctica de la arquería, pero parece claro que estamos ante alguien ducho en ese arte -acaso un verdadero Robin Hood faraónico-, probablemente un militar, un guerrero de prestigio. "Así lo indica el enterramiento", señala Galán. "No podemos decir que fuera una figura de alto rango, un general, pero desde luego no era un soldado raso". Iqer, que como adjetivo significa "el excelente" -podríamos imaginar una referencia a su habilidad como saetero-, era un nombre común en este periodo, la Dinastía XI. La momia, cubierta por un sudario y una máscara de cartonnage dañada por las termitas, no ha podido ser aún estudiada.

Los arcos son longbows, como los típicos ingleses, de la estatura de un hombre. Las flechas son de un tipo habitual en el Imperio Medio, con cabezas largas de madera que se insertaban en el astil hueco, y no con puntas de metal. No se sabe si estaban recubiertas de veneno o sangre menstrual (para provocar la infertilidad del enemigo), un uso documentado en la arquería egipcia. Parece que los arqueros egipcios apuntaban especialmente al cuello, donde sus flechas podían producir más daño. Con flechas de punta de madera parecidas a las de Iqer fueron muertos los soldados de Mentuhotep II, de la misma época, hallados por Winlock en 1925 bajo el templo del rey en Deir el-Bahari -unas momias espantosas, por cierto-. Varios de estos soldados eran asimismo arqueros.

El hallazgo culmina la séptima campaña del Proyecto Djehuty, en la que se ha excavado el pozo funerario del noble. Queda para la próxima campaña excavar la cámara a la que se abre ese pozo, llena de escombros y esperanzas.

Un artículo de www.historiaclasica.com



20.2.08

Introducción a la figura de Pablo de Tarso

La de Pablo de Tarso, San Pablo, es una de las figuras más determinantes en el proceso de formación y consolidación de la doctrina cristiana del s. I dC. A pesar de no haber sido uno de los apóstoles, varios son los factores que hacen de él piedra angular del Cristianismo tras la crucifixión de Jesucristo.

Uno de estos factores es su determinación en abrir la nueva religión a los no judíos (los gentiles del texto que adjunto), ya que hasta ese momento existían opiniones contrarias a dicha apertura. Uno de los aportes mayores de San Pablo es la concepción de que el cristianismo es una Iglesia Nueva. Los Apóstoles seguían considerándose judíos, pero Pablo establece en el Concilio de Jerusalén que los seguidores de Jesús no están bajo las leyes religiosas judías y transforma la Iglesia en algo universal que debe ser anunciada a todo hombre que pueble la tierra independientemente de su origen. Esto le lleva a tener no pocos problemas con las primeras Iglesias cristianas que consideraban que predicarle a los gentiles y llevarlos a las sinagogas iba contra los deseos de Dios.

En este fragmento de su Carta a los Gálatas, San Pablo deja claro que el Cristianismo no va dirigido únicamente a la comunidad judía del s. I dC, si no que es una religión nueva, de carácter marcadamente universal, y que él toma como misión su introducción a los gentiles.
"Al contrario, reconocieron que a mí se me había encomendado predicar el Evangelio a los gentiles, de la misma manera que se le había encomendado a Pedro predicarlo a los judíos. El mismo Dios que facultó a Pedro como apóstol de los judíos me facultó también a mí como apóstol de los gentiles. En efecto, Jacobo, Pedro y Juan, que yo había recibido, nos dieron la mano a Bernabé y a mí en señal de compañerismo, de modo que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los judíos".

Gálatas 2:7-9:

El otro factor que hace de San Pablo una figura clave de los primeros tiempos del Cristianismo es su extraordinaria capacidad para viajar, difundiendo la nueva doctrina por todas aquellas comunidades protocristianas por las que pasaba.

Para que os hagais una idea, aquí teneis un mapa donde podeis ver claramente el recorrido de sus 3 viajes misioneros. Si considerais las limitaciones de los viajes de la época, al menos por lo que respecta a los viajes de las personas normales, podreis entender la magnitud del trabajo que realizó.

Esta labor viajera fue refrendada por su gran obra epistolar. Sus cartas, 13 de las cuales nos han llegado, fueron un instrumento crucial para difundir su pensamiento y consolidarlo en las comunidades que había visitado con anterioridad.

Sin lugar a dudas, e independientemente de las creencias personales, Pablo de Tarso es uno de los personajes clave de la Antigüedad. Sin su obra, la Iglesia no sería hoy la que es.


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19.2.08

Busto del emperador Antonino Pio



Retrato en mármol del emperador romano Antonino Pío (86–161 d.C.), en el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid (España). Fue esculpido en torno al año 143 d.C. por un artista romano anónimo.



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Entrevista a Robin Lane Fox o por qué ser profesor de historia antigua en Oxford es mi sueño

Esta Sábado Jacinto Antón entrevistaba en elPais al historiador británico Robin Lane Fox, de quien ya hemos hablado en otras ocasiones, especialmente a raiz de la publicación de su libro "El Mundo clásico". En esta entrevista nos explica los motivos de su admiración por Alejandro. Os recomiendo encarecidamente su lectura puesto que, entre tanta pregunta y respuesta, nos tiene reservadas unas cuantas perlas del sentido del humor británico (atención al comentario acerca de los figurantes franceses que hacían de soldados persas en la película Alejandro, donde él hizo de infante de caballería macedonio).

Entrevista con Robin Lane Fox

Alejandro Magno: el solo nombre lo deja a uno boquiabierto, con la mirada soñadora perdida en un horizonte infinito de grandeza, pasión y misterio. "Alejandro tenía magia, la magia de la juventud, fue un hombre de ambiciones apasionadas y no creía que nada fuera imposible", afirma Robin Lane Fox (Eton, 1946), que desborda un arrebatado y contagioso entusiasmo al hablar del personaje. El autor de Alejandro Magno. Conquistador del mundo (Acantilado), un monumental ensayo de 800 páginas devenido un clásico y que se lee compulsivamente, entre el chasquido de bronce de las sarisas, el silbido de angustia de los elefantes mutilados en el Hidaspes y el "¡Alalalalai!" de la caballería macedonia en Isos, es un historiador muy poco al uso: capaz de emocionar profundamente, dotado de un enorme sentido del humor y una calidad literaria extraordinaria. "Alejandro es mi vida", confiesa. Dice Lane Fox que el gran Alejandro nunca se aburrió ni hizo jamás nada aburrido. Leyéndolo y escuchándolo a él así parece. "La historia no es verdad sólo cuando resulta aburrida", recalca.

PREGUNTA. ¿Era de verdad tan valiente Alejandro, corría tantos riesgos?

RESPUESTA. Sí. Lo prueba el hecho de que sufrió muchas heridas. Esa actitud, ese valor, era crucial para sus éxitos. Alejandro siempre se pone frente al peligro. No tenía miedo.

P. Pero ¿se puede dirigir una batalla desde en medio de la misma, en pleno fragor, luchando al mismo tiempo?

R. Alejandro basaba su estrategia en movimientos rápidos, creaba un punto débil en el enemigo, un lugar de fractura y concentraba todo el ataque ahí. Empezaba con un despliegue digno del ajedrez, que mostraba y abría esa debilidad del rival. Y entonces se lanzaba liderando el ataque.

P. Entonces no podía revisar el plan...

R. No, era todo o nada. No había medias tintas. Es cierto que, recuérdelo, contaba con unas tropas enormemente profesionales y muy buenos oficiales, conducía el ejército creado, adiestrado y testado por su padre Filipo.

P. Pero él podía morir en cualquier momento.

R. Desde luego. Fue muy afortunado. Pero en la India, en el Punjab, en las murallas de Multan...

P. ¿La misma Multan Sikh del asalto británico en 1849 tras el asesinato de Agnew y Anderson y su puñado de gurkas?

R. Exacto, Alejandro, en su momento, también sitió la ciudad, una fortaleza temible. Impaciente por el lento progreso de sus hombres, tomó una de las escaleras de asalto y trepó él mismo a las almenas, seguido por uno de sus veteranos que embrazaba el supuesto escudo sagrado de Aquiles, cogido por el rey en el templo de Troya. El caso es que la escalera se rompió, dejando al heroico pero irresponsable Alejandro aislado en lo alto de la muralla y casi solo en el ataque. Repartió tajos a diestro y siniestro, pero un arquero le clavó una flecha de un metro en el pecho. Imagínese la escena. Se salvó porque finalmente sus tropas pudieron reunirse con él, pero la herida fue muy grave, posiblemente le perforó un pulmón y dejó a Alejandro casi lisiado. En fin, ése era él, energía, impulso, coraje inconsciente... Si puedes ser así, ¡qué ejemplo para tus soldados! Eso explica la devoción que despertaba, única. Sus hombres lo veneraban y lo seguían a todas partes. Es cierto que no es el hombre al que confiarías tus ahorros: ¡demasiado arriesgado!, aunque podría hacerte rico...

P. Pierre Briant, el eminente orientalista especialista en el mundo persa, me dijo en una conversación que en realidad Alejandro luchaba muy protegido, que se arriesgaba poco, vamos.

R. Bah, Briant es francés. Las heridas y la naturaleza de Alejandro dicen lo contrario. ¡Briant debería haberlo visto aquel día en las murallas de la fortaleza india! Filipo era igual. Filipo está poco valorado, pero él fue el que creó el ejército que usó Alejandro, era un gran militar. Filipo y Octavio Augusto son los dos grandes organizadores del mundo antiguo.

P. Hablando de Filipo, conoció usted al gran Manolis Andronikos, el arqueólogo que descubrió la tumba del padre de Alejandro, uno de los grandes hallazgos del siglo XX. Era un hombre extraordinario.

R. Sí, estuve en 1977 con él, en Vergina, la antigua Aigai capital del reino macedónico, el mismo año del descubrimiento. ¿Ha estado allí?

P. Sí, con Valerio Manfredi, que se puso a declamar trozos de su novela Alexandros

en el preciso lugar donde asesinaron a Filipo, en el teatro.

R. Vaya. Recordará la cabecita de marfil del lecho hallado en la tumba y que representa a Alejandro. Todo el ajuar funerario es asombroso. El larnax de oro con las cenizas, la coraza, las canilleras de bronce, la aljaba.

P. Se puso en duda el hallazgo.

R. Desde Estados Unidos, sobre todo, se atacó a los arqueólogos griegos y se dijo que la tumba no era la de Filipo sino la del medio hermano retrasado de Alejandro, Arrideo, hijo de Filipo y una amante tesalia, quizá una bailarina. Siempre es sano cuestionar las cosas, pero la tumba es sin duda la de Filipo.

P. Dice la tradición que Alejandro olía bien. Eso siempre me ha fascinado.

R. Se dice que desprendía un olor dulce. Pero ha de entender que no se trata de un rasgo personal, de hábitos de higiene, era algo divino, un símbolo de divinidad. Supongo que, en realidad, en batalla debía oler fatal.

P. Parece que era muy guapo.

R. ¿Guapo? En las imágenes lo es. Podemos creerlo o no. Era bajo. Quizá tenía grandes ojos o los exageraría. Las mujeres lo amaban, y algunos hombres. Pero ¿no nos amarían igualmente a usted y a mí de ser nosotros también reyes poderosos?

P. Se le ha calificado de "el James Dean de la antigüedad", ¿qué le parece?

R. Tiene gracia, ¿y por qué no el Douglas Fairbanks? Algo de estrella tenía, se anticipó a Hollywood, pero Alejandro no era un actor, era un rey.

P. ¿Cómo cree que murió?

R. Eso es un problema. En Alejandro nada es sencillo, ni su final. Desde que cayó enfermo hasta que murió transcurrieron dos semanas. Lo que parece un claro indicio de que no fue envenenado: hubiera sido muy arriesgado darle algo que no le matara rápidamente. La hipótesis del asesinato sirvió a los que aspiraban a sucederle para acusarse unos a otros.

P. Se ha propuesto que pudo morir de malaria.

R. ¿Una sola persona de todo el ejército? Habría habido más casos. Y el patrón de la enfermedad no coincide.

P. ¿La bebida, entonces? Parece que era un gran bebedor.

P. Desde luego no cuando dirigía su ejército. Una tradición achaca la muerte de Alejandro a sus vicios. Nunca he estado de acuerdo. Mi opinión es que murió por causas naturales. Alejandro era seguramente un hombre devastado por los esfuerzos. Había sufrido nueve heridas en diferentes partes del cuerpo. La verdad es que no podemos saber a ciencia cierta qué pasó. En el libro he tratado de barajar todas las hipótesis.

P. La tumba, el cuerpo, ¿dónde cree que están?

R. Era un gran mausoleo, en el área pública de Alejandría. Fue muy visitado en la antigüedad. Pero ha desaparecido. Quizá sigue ahí, bajo la ciudad moderna o en la vieja zona de los palacios que ha cubierto el agua. ¿Y dónde está, por cierto, la tumba de Hefestión, su amante? Se la concibió como uno de los monumentos más asombrosos del mundo antiguo. El monumento más grande jamás levantado para un novio.

P. Sorprende en Alejandro el equilibrio entre vehemencia y cálculo político.

R. Alejandro es impetuoso, ésa es su naturaleza, pero es además muy inteligente. Es rápido en captar las situaciones: su forma de tratar a la familia de Darío, a los sacerdotes egipcios, su gesto de restaurar monumentos, la magnanimidad que muestra con el enemigo que se rinde... hay en todo ello generosidad, sin duda, pero también mucha inteligencia, mucho arte del poder. Lo que hizo de incorporar iranios a la Administración del imperio, su idea de crear un imperio de los mejores sin tener en cuenta su procedencia, fue muy inusual, y muy inteligente. También es un conquistador, claro, pero es un error verlo sólo como el hombre de riesgo, el aventurero.

P. Venga, hablemos de su vida sexual.

R. A algunos historiadores les gustaría que sólo hubiera amado a hombres, chicos y eunucos. Pero amó a ambos sexos. Se enamoró de Roxana y de Hefestión. Tuvo amantes apasionados, dos esposas persas más y durmió con una reina india. ¡Afortunado mortal! También se dice que se acostó con una amazona, pero dejemos eso en el terreno de la leyenda.

P. Entonces, lo de Alejandro como icono gay...

R. La realidad es más poliédrica. Era joven, vital, conquistador del mundo: podía acostarse con quien quisiera, y lo hacía. Es cierto que Hefestión fue probablemente la relación verdadera más importante de su vida.

P. ¿Se recreaba a sí mismo Alejandro, se modelaba literariamente?

R. La gente lo hace. La gente cambia su vida y la modela por la literatura. Él eligió el ideal de un héroe homérico. En Troya, Alejandro hizo esperar al ejército para rendir tributo a sus modelos. Corrió desnudo hasta el sepulcro de Aquiles. El acto de un romántico. No era sólo propaganda. El macedonio era un reino homérico, en el que todas esas historias estaban muy vivas. Macedonia no era Atenas.

P. ¿Qué plan tenía? De haber podido, ¿hasta dónde hubiera ido?

R. Lo quería todo. Quiere ir hasta los confines del mundo. Explorar y conquistar hasta las cuatro esquinas del mundo. Va al Este pensando que el fin del mundo está en la India. Su siguiente paso era, obviamente, el Oeste. Pero su geografía era muy mala. En la India pensaba que estaba cerca de Egipto, y confundió el Hindu Kush con el Cáucaso de Prometeo.

P. Conquistarlo todo, pero ¿por qué?

R. Porque era glorioso. Por eso se da el nombre a las ciudades -él a sus más de veinte Alejandrías-. Por ser inmortal.

P. Había leído mucho a Homero.

R. Lo leyó demasiado literalmente.

P. ¿Quería morir joven, había una búsqueda irracional de eso?

R. No. La gloria era más importante que la vida, pero no, no hay una pulsión de muerte en Alejandro si se refiere a eso. Tenía muchos planes. No pararía.

P. No dejó precisamente las cosas bien atadas. Eso que dicen que contestó en el lecho de muerte cuando le preguntaron a quién le dejaba el reino: "Al más fuerte"...

R. Eso son leyendas, Alejandro seguramente murió sin poder hablar. No creo que pensara mucho en su sucesión. Era muy joven. Dudo que imaginara que le fuera a pasar algo. Ése es un rasgo típico de la juventud.

P. ¿No cree que hay algo irreductible en Alejandro, algo inexplicable?

R. Es posible. Pero tuvo suerte, y tres cosas que contaban mucho: ejército, oportunidad y ambición.

P. Su colega Bosworth, en su libro Alexander and the East

(Clarendon Press, 1996), pone el acento en el horror de las campañas de Alejandro y lo describe como un verdadero genocida. Dice que tenía "una estremecedora eficiencia en la matanza".

R. A Bosworth no le gusta Alejandro. Alejandro no buscaba la masacre. No era un déspota al uso corrompido por sus grandes conquistas. Si te rendías había honor. Sólo se mostró implacable con los que se obstinaron en resistírsele, los que cuestionaban su grandeza.

P. Un guerrero, un conquistador belicista, eso juega hoy contra él.

R. No nos gusta la conquista, los muertos; pero en el mundo de Alejandro la conquista era gloria. En mi libro hago una reinterpretación de Alejandro desde el punto de vista de su propia moralidad. No desde nuestro punto de vista moderno vegetariano y pacifista. Su identidad homérica, su identificación con Aquiles, no era irrelevante. Compartía esos valores heroicos. No tiene sentido criticar a Alejandro en relación con unos valores morales que, simplemente, entonces no existían. Hay que ver el mundo con sus ojos. Durante años estuvo de moda escribir viendo a Alejandro pequeño y no grande -¡Alejandro el Mínimo: qué error, qué estafa!-, y su imperio como un reino de terror. Pero Alejandro no era Stalin ni Hitler. Los años cincuenta proyectaron en Alejandro sus propios temores. Pero, si lees esos libros de entonces, te preguntas, ¿por qué la gente seguía a Alejandro? ¿Cómo alguien se sentiría fascinado por ese tipo? Por eso escribí mi libro, para explicarlo. Alejandro era un genio, un hombre extraordinario, como sabían todos en su tiempo. Me reprocharon que mi punto de vista era el de un inglés nostálgico del Imperio Británico. Están ciegos, no ven que Alejandro no es un imperialista ni un colonialista. Las interpretaciones cambian pero la antigüedad no, y no debemos traicionarla.

P. Usted es un caso único entre los historiadores de Alejandro: ha podido luchar bajo su mando, entre sus filas. ¡Eso es empirismo!

R. Hice de asesor de la película de Oliver Stone y durante el rodaje en Marruecos, en 2004, me dejó hacer de extra como soldado de caballería macedonio en la escena de la batalla de Gaugamela. Todos, menos yo, eran expertos jinetes, la mayoría españoles -aunque en realidad Alejandro no tuvo, claro, caballería hispánica, al revés que César, al que los compatriotas de usted le dieron grandes éxitos-. Cargué como uno más, con casco y lanza en mano. Una experiencia maravillosa, impagable para un historiador que difícilmente puede experimentar sobre el terreno el movimiento de masas militares. Mi caballo, por cierto, se llamaba Gladiador.

P. ¿Y qué tal los persas, estaban a la altura?

R. Eran figurantes franceses, así que era fácil matarlos.

P. ¿Qué le pareció la película?, aparte de su escena.

R. Oliver Stone admiraba mi libro pero tenía ideas propias. Se basó sólo en parte en mi Alejandro Magno. Hay cosas muy interesantes, te permite entender cómo eran las batallas antiguas, la escala. Eran ejércitos enormes, como no se volvieron a ver hasta la edad moderna. Yo me encontré cuestionándome asuntos de logística en los que usualmente no caes: ¿cómo alimentaban a toda esa gente?

P. Alejandro ha sido carne de novela histórica. ¿Qué opina del género y de cómo lo ha tratado?

R. El pasado siempre es más sorprendente que la imaginación del novelista. Ellos están muy anclados en su propio mundo y se toman a menudo excesivas licencias: ¡que las cosas pasaran hace sesenta generaciones no significa que no haya que respetar los hechos! Hablamos demasiado de la corrección política y poco de la corrección cronológica. Se viola demasiado a menudo el pasado.

P. ¿Hay alguna otra figura comparable a Alejandro?

R. ¿En la antigüedad? Se ha sugerido que Aníbal. La comparación con Julio César es interesante, pero éste no tenía la misma fuerza sobre el ejército, no era un rey. Después de la antigüedad... No. Alejandro era tan especial, tan capaz. Tenía un ojo geométrico, estupendo para el terreno, para dilucidar la forma de moverse y luchar en él. Para mí es el mejor, ¡sin duda!






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18.2.08

Juan de las Bandas Negras, el último Condottiero

Os recomiendo un artículo de hoy en HistoriadelaHumanidad.com, sobre Giovanni de Médicis, el último mercenario del Renacimiento italiano. Os extraigo la introducción del artículo:

Hay biografías, que por ser representativas de un cierto momento de cambio, nos ayudan a entender mejor la Historia. Este es el caso de Giovanni de Médicis, más conocido como Juan de las Bandas Negras. Hombre de armas desde la cuna, se inició en el noble oficio de Condottiero desde muy joven, poniendo su destreza y coraje como militar al servicio del mejor postor. Sin embargo, su llegada a este oficio se produce en un momento de cambio, en que las viejas formas de lucha se ven substitutidas por otras más modernas: De la caballería pesada medieval se pasa a los pelotones de arcabuceros. Del duelo singular con la espada se pasa a la artillería. De la espada y la lanza se pasa a la pólvora, ya sea en forma de proyectil para fusil o para cañón.

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Busto del emperador Aulo Vitelio

Retrato en mármol del emperador romano Aulo Vitelio (15–69 dC), en el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid (España). Fue esculpido en torno al año 69 dC por un artista romano anónimo, cuyo modelo fue el busto actualmente existente en los Museos Capitolinos de Roma.

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