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21.2.08

De vertedero a montaña, el Monte Testaccio en Roma

La historia de este relativamente pequeño monte es muy curiosa, y significativa de la planificación y pragmatismo de los antiguos romanos.

Básicamente, la ciudad de Roma recibía cantidades ingentes de ánforas que, cabe recordar, eran la base del transporte de bienes y productos en aquella época. Dichas ánforas tenían una vida útil limitada, ya sea por el producto que contenían, que maleaba sus propiedades de conservación, o bien por que por su propio uso se iban deteriorando. Los romanos, haciendo gala de su espítitu organizador, decidieron que las ánforas no podían ser desechadas y abandonadas sin orden ni concierto, y por ello designaron un espacio para su depósito, en aquel momento un planicie. Dicho proceso comenzó en el s. I dC.

3 siglos más tarde y depositados 25 millones de ánforas, lo que había sido una llanura pasó a ser un monte en toda regla, con una altura de cerca de 50 m., un perímetro de 1490 m., y con una superficie total de aproximadamente 22.000 m2..

Cabe destacar la contribución hispana a la construcción de dicho monte, ya que gran parte de las ánforas procedían de la Bética, de donde se importaban grandes cantidades de aceite de oliva. El resto, del norte de África (en particular, de las actuales Túnez y Libia). Dichas ánforas llegaban originalmente por vía marítima al primer puerto de Roma, Puteoli (Pozzuoli). Posteriormente los puertos de Claudio y de Trajano, en la desembocadura del Tíber, se convirtieron en el principal punto de distribución de mercancías y de viajeros.

El destino final de una carga de ánforas eran los almacenes situados a los pies del Aventino en Roma. En esta zona se formó el Monte Testaccio, el gran vertedero de ánforas usadas, que paradójicamente 2000 años después se ha convertido en un extraordinario filón de datos para la historia económica del Imperio romano.

"Construcción" de la montaña

Hacia 1968 Emilio Rodríguez Almeida, un epigrafista español transplantado a Italia, retomó la prospección de superficie del Monte Testaccio y propuso la hipótesis de que el Monte era el resultado de una descarga organizada en fases de acumulación sucesivas: desde Augusto hasta el s. III d.C. Las excavaciones han confirmado que el Monte está compuesto por dos plataformas contiguas con perfil escalonado y han permitido también comprender los modos de organización de las descargas.

Primero, se depositaba una fila de ánforas a las cuales se les rompía la parte inferior para rellenarles el interior con los tiestos procedentes de la rotura de otras ánforas; esto se hacía con el fin de hacer la deposición más estable. Detrás de esta fila se realizaba la descarga hasta alcanzar los 60 cm de altura (que coincide con el diámetro de estas ánforas). Obtenido de esta forma un piso se construía otra fila encima, ligeramente retraída y al tresbolillo, y se repetía el procedimiento.

Las ánforas del Testaccio, fuente histórica de primera magnitud

Sobre las ánforas romanas se escribían una serie de datos, en un cierto sentido equivalentes a las etiquetas de los recipientes modernos.

Las ánforas olearias béticas, con su conjunto de información particularmente complejo, llegaban a millares a los almacenes (horrea) de Roma. Allí, trasvasado su contenido a recipientes más pequeños, venían abandonadas en una descarga a lo largo del tiempo, el moderno Testaccio, donde, por sus características particulares - los tiestos eran recubiertos de cal para evitar los malos olores -, se han conservado una gran cantidad de información epigráfica.

El conjunto epigráfico de un ánfora bética estaba hecho en dos momentos distintos : las marcas impresas (sellos) y las incisiones (grafitos) que se hacían antes de que la arcilla estuviese cocida, después las inscripciones pintadas (tituli picti), con tinta negra o roja que venían realizadas en el momento del envasado o con posterioridad.

Los sellos dan información, sobre todo, del propietario del aceite, representado con tria nomina (generalmente abreviados con tres letras) pero, a veces, aparecen también los nombres de los productores o de los hornos (fliginae) donde era fabricada el ánfora.

Los grafitos ante cocturam, son en general siglas, frecuentemente numéricas, que indican lotes de ánforas. A veces incluyen una información más completa, indicando el día o el año de fabricación y el nombre de quienes controlaban la producción.

Las inscripciones pintadas (tituli picti), que se pueden encontrar sobre el cuello, sobre la espalda, y sobre el vientre, indican la tara, el nombre del mercader y el peso neto. Así etiquetadas las ánforas eran sometidas a los controles de los empleados del Fisco. Éstos, efectuadas las verificaciones del peso anotaban, en caracteres cursivos, generalmente bajo una de las asas, el nombre del lugar del control, el año consular, el peso exacto y el nombre del controlador.

La Bética, potencia exportadora de aceite de oliva

La provincia romana de la Bética (Andalucía, España) era, según los historiadores romanos, una de las grandes productoras de aceite de oliva. Ya Estrabón, en época de Augusto, afirma que a Puteoli (Pozzuoli) llegaban de la Bética numerosas naves, de gran tamaño, con productos alimentarios, entre ellos el aceite.

La prospecciones arqueológicas realizadas en el valle del Guadalquivir han demostrado que la zona de producción de aceite y ánforas se concentraba entre Córdoba, Sevilla y Écija. Zona con la forma de un rectángulo de cerca de 149 x 37 km.; dividida en diagonal por el Guadalquivir, que aquí recorre más de 90 km. Este área fue ampliamente habitada desde la antigüedad, debido a la riqueza de sus yacimientos minerales, que fue la causa principal de la prosperidad y el desarrollo económico de la región. La agricultura se convirtió rápidamente en uno de los pilares de la actividad económica, gracias a la fertilidad del suelo y a la disponibilidad de agua dulce.




La nueva forma de entender la historia

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1 comentario:

  1. Hola, me ha gustado mucho el artículo, sobre todo porque hablas de mi tierra.
    Conozco relativamente bien el caso de Tucci (actual Martos, en Jaén), donde existen numerosas piedras de molinos de aceite romanos, algunos reutilizados en casas particulares como losas, otras abandonas en el campo, y otras en museos.
    Y es que aún hoy en día, 2000 años después, Martos sigue siendo el primer productor mundial de aceite de oliva.

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