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1.9.09

Por qué dejé a mi hijo en la comisaria

Sé que muchos de mis lectores os dedicais a la docencia y que otros muchos sois ya padres de familia. Por esto he creido conveniente compartir con todos vosotros este artículo que me he encontrado hoy en la prensa, y que poco o nada tiene que ver con la historia de Grecia y de Roma. Es sin lugar a dudas polémico, y estoy seguro que suscitará reacciones en todos los sentidos, tanto a favor como en contra de la tesis del autor; si esto es así, seguro que habré acertado publicando el artículo...

... la historia es real y el autor del artículo es el propio protagonista, culpable o víctima de la historia (dejo en vuestras manos deciudir el qué):


POR QUÉ DEJÉ A MI HIJO EN COMISARÍA

HA SIDO acusado de abandono de un menor por llevar a su hijo de 10 años a la Policía para que lo reprendan y dejarlo allí. Antes lo denunciaron por darle un bofetón. Gerardo cuenta en primera persona su impotencia ante un crío conflictivo
GERARDO RUIZ

Hace tres años le di un par de bofetadas a mi hijo de 10 años en público. Eran las fiestas de Valle de Egüés (Navarra). Me dijeron que estaba haciendo todo tipo de trastadas. Lo saqué a la calle y, ante su rebeldía, le di dos bofetones. Una pareja de la Policía Municipal presentó una denuncia por abuso y maltrato. Mi hijo, mientras los agentes cursaban la denuncia, ya había vuelto a jugar. Aquella denuncia fue desestimada, a la vista de los informes del colegio (que confirmaron su carácter difícil) y su pediatra (que negó cualquier indicio de maltrato). Pero no acabó ahí la cosa.

La Policía me calificó de maltratador y lo contó a quienes quisieron escuchar. Más de un vecino se acercó a preguntarme si era cierto que yo le había dado una paliza a mi hijo. Éste, además, observó todo el proceso y aprendió una nueva arma: amenazar a los profesores con denunciarlos a la Policía Municipal.

En febrero de este año, volví de un viaje a Alemania. De camino a misa en el coche, mi mujer me explicó que a mi hijo lo habían vuelto a expulsar. Cada dos meses lo suelen excluir unos dos días por alguna falta de respeto a un profesor. Esta vez no sólo le insultó, sino que le amenazó con denunciarle a la Policía Municipal. Con 10 años. La consecuencia fue una advertencia de que la próxima expulsión implicaría la salida definitiva del centro.

A la vuelta de misa, conduje hasta el cuartel donde me habían denunciado anteriormente. Me identifique: nombre, DNI... Expliqué que tenía una denuncia y exigí que le reprendieran, que le amenazaran con un castigo mayor, que lo educaran. Me dijeron que ése era mi problema (lo cual es cierto), pero les repliqué que el problema lo habían ocasionado ellos (no menos cierto). Me «ordenaron» que me fuera a mi casa y me llevara el problema conmigo. Me negué y le dije a mi hijo: «Aquí te quedas con estos señores». No dijo ni mu y obedeció. Por esto he sido denunciado por abandono de un menor y desobediencia a un agente de la autoridad. La fiscal y el juez no aprecian delito de abandono, pero sí de desobediencia leve. Me condenan a una multa de 135 euros.

LA EDUCACIÓN QUE TUVE

Fui el segundo de cuatro hermanos y disfruté de una familia unida y sólida de clase media. Mi objetivo fue dar a mis hijos lo que yo tuve: una educación con principios. Mi padre no era estricto, pero siempre me hizo ser consciente del deber. Había pautas y reglas y salirse de ellas tenía un precio. Cuando tuvo sus razones, me dio alguna bofetada. Recuerdo el día en que me subí al tejado. Supe que no tenía que volver a hacerlo y no he sufrido ningún tipo de frustración.

Yo tengo cinco hijos, cuatro chicos y una niña, entre 17 y cinco años. Unos son altos y otros, bajos; los hay fuertes y débiles; distraídos y atentos. Cada uno es distinto de los demás. Métodos que han funcionado con unos no lo han hecho con otros. Los dos mayores siempre se portaron bien. El tercero, desde el principio fue diferente. Le costaba obedecer. Era más fuerte, más protestón. Según crecía, veíamos que no tenía miedo a nada ni nadie.

Con siete años, atosigó a un perro hasta que éste le mordió en el rostro. Fueron 43 puntos de sutura. Gracias a Dios, apenas le ha quedado marca. Ni miedo a los perros.

Una legislación inútil y contraproducente ha hecho que sea más fácil insultar a un maestro que molestar a un perro. Los profesores, atados con una cadena más pesada que la de los canes, terminan por dejarle hacer. Mi padre sólo se preocupaba de la disciplina en casa porque mis maestros se ocupaban en el colegio. Yo me debo ocupar de ambas.

Me han recomendado mil psicólogos y pedagogos. Hemos ido a todos. Mi hijo aprueba en junio y con esfuerzo hemos logrado que en casa se porte bien. Precisamente porque sabe que si no lo hace deberá atenerse a las consecuencias. El problema es que la escuela no tiene nuestra capacidad de imponer disciplina. Él se siente fuerte y se aprovecha. El problema es el entorno social y jurídico. Un profesor no debería permitir la indisciplina. Pero ni ellos ni los padres tenemos las manos libres.

Sabía que tengo un hijo difícil, pero nunca supuse que además tendría una administración pública que me haría mi labor mas difícil aún.

La figura de los padres se ha desprestigiado, estamos vacíos de contenido. El Estado pretende hacerse cargo de la educación de nuestros hijos, de su formación humana y académica; de inculcarles valores, de todo lo que hasta hace poco era nuestro deber, obligación y derecho. Los padres somos las vacas lecheras que tienen que alimentar a los hijos, comprarles ropa y comida, darles techo, pero como las vacas, sólo podemos mugir. El Estado, además, nos hace responsables de las consecuencias de su actuación. Pero sólo podemos mugir. El Estado nos multa cuando exigimos soluciones a aquellos problemas que el Estado mismo ha creado. Pero sólo podemos mugir. Yo tenía un hijo difícil; ahora lo tengo más envalentonado aún, y de propina una multa de 135 euros.

En Nueva Zelanda han hecho un referéndum para saber si un cachete a un hijo es delito. El 87% de los ciudadanos ha dicho que es legítimo recurrir a una bofetada. Si votásemos en España, coincidiríamos con ellos. Éste es un problema serio que merece una solución urgente. Unos por error y otros por omisión, pero nadie hace nada. Políticos que crean leyes injustas y estúpidas, pero cuyos oponentes mantienen esas mismas leyes que en su día criticaron. Policías que denuncian a padres por reprender a los hijos. A los ciudadanos no nos queda más que mugir en voz baja, no sea que alguien se incomode. Y yo ya estoy cansado de mugir.








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