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3.7.08

Las últimas instrucciones de Alejandro

Su muerte a temprana edad puso punto y final a una imparable cadena de conquistas que desde su Macedonia natal le llevó a Egipto, pasando por el Imperio Persa, y hacia el Este hasta la India. Cuando sus exaustas tropas dijeron "hasta aquí hemos llegado", Alejandro decidió dar media vuelta y regresar hacia Occidente. La muerte le llegó en Babilonia a los 33 años, y dejó sus planes militares a medias.

Alejandro no contaba con "prejubilarse" cómodamente a esta edad y retirarse a gozar de sus riquezas en la soleada Alejandría o en la hogareña Pella... más bien al contrario, parece ser que su voluntad era regresar y retomar la campaña de conquista, pero esta vez hacia un nuevo confín del mundo antiguo: Las Columnas de Hércules. Esto es lo que nos transmite Diodoro Sículo, el historiador del S. I aC.

En el libro XVIII de su Bibliotheca Historica, Diodoro nos detalla los principales elementos del testamento de Alejandro Magno, que como no podía ser de otra forma, fueron convenientemente ignorados por sus sucesores. Os dejo con el texto original y luego comentamos:


Los capítulos principales y más considerables de los propósitos del rey contenidos en sus libros de memoria eran estos:
1. que mil navíos, más grandes que las trirremes, fueran construidos en Fenicia, Siria, Cilicia y Chipre, para dirigir una invasión contra los Cartagineses, y otros pueblos que habitan en las costas de África y España, junto con todas las islas adyacentes hasta Sicilia.
2. que una vía llana y fácil fuera trazada a lo largo de las costas de África hasta las columnas de Hércules.
3. que seis magníficos templos fueran edificados, y que ciento cincuenta talentos fueran gastados en cada uno de ellos.
4. que arsenales y puertos fueran construidos en lugares convenientes y aptos para la acogida de tan gran flota.
5. que las nuevas ciudades fueran fundadas con colonos, y que unos grupos de gentes fueran trasladados de Asia a Europa, y otros de Europa a Asia, con este ánimo, que mediante matrimonios y mutuos parentescos, pudiera establecer la paz y la concordia entre los dos principales continentes del mundo.
Algunos de los templos antes mencionados tenían que ser erigidos en Delos, Delfos y Dodoma; otros en Macedonia, como el templo de Zeus en Dión; el templo de Diana, en Anfípolis; otro a Atenea en Cirno, a la cual Diosa asimismo decidió construir un templo en Ilión en nada inferior a ningún otro por su esplendor y magnificencia. Finalmente, para ornar el sepulcro de su padre el rey Filipo, dispuso levantar un monumento igual a la mayor pirámide de Egipto, la séptima de las que por algunos son consideradas las obras más majestuosas y grandes en el mundo.Descritas estas cosas ante ellos, los Macedonios, aunque elogiaban mucho y aprobaban los planes de Alejandro, sin embargo, porque les parecían cosas que estaban más allá de toda medida practicable, decretaron que todo ello quedara sin ejecución.
Texto completo del libro XVIII de la Historia de Diodoro

En la fecha de la muerte de Alejandro, Roma no era todavía la potencia mediterránea por excelencia, sino que todavía pugnaba con sus vecinos por abrirse paso por la Península Itálica. Cartago, sin embargo, ya campaba a sus anchas por el Mediterraneo Occidental, rivalizando con las colonias griegas por la supremacía naval y mercantil en la zona. No debería sorprendernos que Alejandro tornara su mirada hacia su principal rival occidental, que estaba presente en los territorios de que nos habla Diodoro.

Además, es bien conocida el ansia de Alejandro por llegar hasta los confines más remotos de la Tierra. Habiendo llegado bien lejos hacia el Este, bien podría ser que las Columnas de Hércules, mítica frontera del mar conocido con el Océano remoto y oscuro, fueran el próximo destino del macedonio.

Por último cabe destacar la muy alejandrina costumbre de mezclar pueblos y razas. Al igual que había hecho con sus macedonios y persas, Alejandro vuelve aquí a desear "que las nuevas ciudades fueran fundadas con colonos, y que unos grupos de gentes fueran trasladados de Asia a Europa, y otros de Europa a Asia, con este ánimo, que mediante matrimonios y mutuos parentescos, pudiera establecer la paz y la concordia entre los dos principales continentes del mundo".

Como todo texto histórico, hay que cogerlo con pinzas, ya que de entrada, el hecho de que fuera escrito unos 300 años después de los hechos que relata, da pie a que la realidad de lo sucedido haya quedado desvirtuada por los años y la imaginación literaria del autor, en este caso Diodoro Siculo.


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