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29.1.08

El Concilio de Nicea, el gran paso adelante de la Civilización Clásica

Por Luis Caboblanco

El siglo IV asistió a una de las grandes revoluciones en los acontecimientos del mundo: el reconocimiento del cristianismo por parte del Imperio romano. Aunque no era cristiano, Constantino atribuyó al Dios de los cristianos y al signo de la cruz, que había visto en sueños la noche anterior – historia rechazable y discutible con la que me niego a castigar el intelecto del lector - , la victoria en la batalla decisiva que iba a llevarle al trono imperial. Para colmo y regocijo de los cristianos, en el 313 d.C. este taimado maestro de la realpolitik, junto con Licinio, augusto como él, garantizó la libertad religiosa ilimitada para todo el imperio. Además, en el 315 se abolió el castigo de la crucifixión, en el 321 se introdujo el domingo como festividad oficial y se aceptó que la iglesia disfrutara de su patrimonio y, por último, en el 325 se convirtió en Emperador único de la totalidad del Imperio, convocando, a la sazón, el primer concilio ecuménico – esto es, universal – que se celebró en su residencia de Nicea, en Bizancio.

¿Cómo pudo la Iglesia cristiana mantenerse contra todo pronóstico en el mundo de la antigüedad hasta llegar a establecerse?

En realidad, no hay una explicación unívoca para ello y son muchos los factores que intervinieron pero, tal vez, podría determinarse que se vio favorecida por estas cinco causas:

I) la organización unitaria de la iglesia y su voluntad de ayuda a los desamparados.

II) la contraposición del monoteísmo cristiano como una postura ilustrada y progresista frente al politeísmo salvaje.

III) la ética de los ascetas y mártires cristianos percibida como superior a la moralidad pagana.

IV) la unión y disciplina de la comunidad cristiana y

V) su capacidad de ofrecer respuestas más o menos sencillas y/o aceptables a problemas como la culpa, el pecado, la muerte o la inmortalidad del alma, asuntos todos ellos consustanciales al surgimiento del hombre mismo y que nos acompañarán hasta nuestra desaparición.


Una vez garantizada la libertad religiosa, las tensiones latentes en el seno del cristianismo salieron a la luz. Es tremendamente difícil sintetizar esas fricciones pero, básicamente, cuanto más se equiparaban la idea de Jesús y el hijo – paradigma absolutamente contrario a las enseñanzas del judaísmo – al mismo nivel que Dios padre, y se asimila la relación entre ellos de acuerdo a la idea de la trinidad y las corrientes naturalistas del helenismo, más difícil resultaba en el seno del cristianismo reconciliar la idea del monoteísmo con la existencia de un hijo de Dios. En cierto modo, el cristianismo parecía estar adorando a dos Dioses.


Intentemos centrarnos: El presbítero Arrio defendía ahora que el hijo, Cristo, había sido creado antes de los tiempos, pero que, aún así, debía considerársele una criatura de este mundo. Esta idea provocó una gran controversia que, inicialmente, sacudió los cimientos de la iglesia oriental. Cuando Constantino advirtió que, ante la masivas conversiones que se producían en el seno del cristianismo, una división ideológica amenazaba la unidad de un Imperio que, no olvidemos, había sufrido una verdadera guerra civil y acababa de unificarse políticamente, convocó el concilio universal. Extrapolando la situación, Constantino hizo exactamente lo mismo que haría el Director General de una gran empresa moderna cuando dos de sus principales departamentos tienen una visión divergente del modo de concluir un negocio... convocar una reunión.

El Concilio

Entre los asistentes, estaban las figuras eclesiásticas más relevantes del momento: Osio, obispo de Córdoba – al que, desde el primer momento, Constantino permitió dirigir las deliberaciones -, Alejandro de Alejandría, Marcelo de Ancira, Leoncio de Cesarea, Eustaquio de Antioquia... incluso unos presbíteros representaron al obispo de Roma, que no pudo asistir debido a su avanzada edad (la mayoría de las versiones contradicen la moderna hipótesis del controvertido teólogo Hans Küng, en el sentido de que éste no había sido invitado) y también figuraban entre los asistentes personas más o menos próximas a Arrio, como Eusebio de Cesarea o Eusebio de Nicomedia. En cierto modo, si hacemos caso a este escenario – y documentalmente es tan válido como cualquier otro pues figura en múltiples referencias – todas las corrientes estaban más o menos bien representadas y, según dos de los principales cronistas del evento, Rufino y Atanasio, las discusiones fueron acaloradas pero sustancialmente “límpias” y, lo más importante, Constantino se abstuvo por lo general – al menos, por su propia palabra – de participar en ellas. Esto contrasta con algunas descripciones modernas – quizá fruto de un revisionismo ciertamente interesado - de la actuación de Constantino en el concilio, interviniendo y dirigiendo la intervenciones. Esta claro que, del resultado del convenio dependía en buena parte la estabilidad de una parte cada vez más grande de la población del Imperio, y es justo que Constantino deseara esa estabilidad pero es muy discutible que dirigiera el resultado de las deliberaciones porque, para empezar, el intelecto del emperador – y de casi cualquiera de los mortales – tendría serios problemas para asimilar buena parte de los temas, términos y abstracciones discutidos en Nicea. El emperador se limitó a enviar a Alejandro y Arrio, los dos principales contendientes, una epístola moderadora que tiene más de la ignorancia del soldado que de la razón del estadista y, siguiendo este razonamiento, es posible que solo acabara apoyando a Osio porque, simplemente, le resultara la opinión más comprensible, y porque como refleja acertadamente Edward Gibbon, en los posicionamientos preliminares de los dos primeros días, Arrio solo gozaba del apoyo de dos obispos de Egipto, siete presbíteros y doce diáconos. Evidentemente, Arrio salió derrotado y Contantino redondeo su absoluta falta de principios en el momento en, transcurridos tres meses desde Nicea, mostró indulgencia para todos aquellos que defendieron en su día la opción perdedora y fueron severamente castigados, incluidos Eusebio y Arrio.

Resultados del Concilio

Según el credo aprobado – la resolución más importante del concilio – Jesucristo no habría sido creado antes de lo tiempos, esto es, el punto de vista arriano. Antes bien, como “hijo” es también “de la misma naturaleza que su padre” (en griego Homo-ousios) una interpolación de la idea helenística de la consustancialidad, idea que aunque resulta escasamente bíblica, era más fácil de concebir por la población del Imperio, incluido el mismo Constantino, aunque no para los judíos. En definitiva, el nuevo credo supone la apuesta total de la iglesia por occidente y los gentiles como vivero de vocaciones y una cierta ruptura con oriente, con las fuentes hebraicas y con las filosofías orientales. Desde el primitivo cristianismo, el concilio había creado, de hecho, el catolicismo.


Es indiscutible que, en determinados aspectos, el emperador buscó la mayor cantidad de sinergias posibles: aprovechó la oportunidad para asimilar la organización territorial de la iglesia a la organización territorial del Estado y determinadas resoluciones conciliares se tornaron en leyes civiles con su beneplácito. Pero, no obstante, escritos más o menos contemporáneos a los hechos, permiten definir y comprobar los estrechos límites de los primeros jerarcas religiosos que, salvo contadísimas excepciones, nunca sobrepasaron el poder espiritual, perteneciendo los abusos (algunas excomuniones arbitrarias y ciertos casos de corrupción) al grupo de acciones de aquellos que solo se representan a sí mismos y no a un paradigma de comportamiento. Además, Constantino permaneció objetivamente fuera de cualquier confrontación de tipo religioso o relacionada con la fe, que es, que duda cabe, la sustancia principal del hecho religioso por lo que hablar de una Iglesia Imperial me parece, cuanto menos, desproporcionado. Esto, unido a la no intervención de la Iglesia en decisiones relacionadas con la política exterior, los temas militares o la cuestión económica, me hacen inclinarme por la visión de un Estado de la iglesia dentro de otro estado.


El que el emperador recibiera el apoyo de, al menos, aquellos que se habían visto beneficiados por su política de libertad religiosa – libertad que afectaba a todas las confesiones, no solo a la cristiana – parece consecuente y la necesidad de un credo universal – a la postre aprobado en Nicea – del tipo “un Dios, una Iglesia, una fe” imprescindible para una religión en crecimiento y con los problemas de estanqueidad y diferencia de puntos de vista de las grandes organizaciones. La iglesia no participó en la definición del nuevo estado romano, tan solo se aprovechó del peso demográfico de sus seguidores y su única obsesión fue la organización de los suyos, pero como cristianos, no como ciudadanos. Constantino, un soldado por encima de todo y puede que obsesionado por reparar las excesos que pudiera haber cometido, dio media vuelta a sus convicciones y desterró a los tres principales prohombres católicos, Atanasio, Eustacio y Pablo de Constantinopla e incluso recibió los ritos del bautismo de manos del obispo arriano de Nicomedia... Ciertamente, un comportamiento bisoño por parte de un monarca que nunca acabó de entender las opiniones que se vio forzado a escuchar y que aceptó la solución que ofrecía más estabilidad... sin preocuparse de absolutamente nada más. La iglesia le devolvió el favor, mostrándole la más educada de las indiferencias.



Nota del editor
Recuerda que este post de hoy tiene un formato un poco especial. 2 bloggers invitados, el Sr. Caboblanco y el Sr. Benítez, se ofrecieron a explicar un mismo acontecimiento pero cada cual desde su muy personal punto de vista. El tema ya lo conoceis: Las implicaciones del Concilio de Nicea. Pues bien, teneis 2 formas para votar cuál es vuestro artículo preferido:
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La nueva forma de entender la historia

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5 comentarios:

  1. Buenos días.

    Aplaudo es esfuerzo de las dos personas y voto por este artículo, que da una versión más positiva y cercana. Ambos me gustaron pero me siento más comoda con esta forma de atacar la cuestión y redactarlo, mucho más lírica.

    Chao

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  2. Hola
    Meses después de ver el video documental "LA historia mas grande jamás contada", quise saber más sobre el concilio de Nicea y he aquí la información que necesitaba para redondear las cosas. Muchas gracias. Muy buen trabajo
    Daniel

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  3. Me parece que votar cualquiera de las dos posiciones es como si uno adhiriera a un partido político.
    La Institución Iglesia deberá algún día asumir que el giro Constantiniano como es llamado tuvo serias implicancias en el futuro de la Institución y en el poder. La Iglesia de alguna manera renuncia a su poder profético y se casa con el poder, mas allá de las opiniones vertidas por los autores de las dos posiciones.¿Cuando podrá esta Institución anacrónica que poco cree en el Espíritu Santo hacer una revisión crítica de frente a los evangelios? Podría continuar con mas preguntas¿que pasó, no con elñ Concilio de Nicea sino con el Vaticano II al que sus Resoluciones y decretos están llenos de telarañas?
    Carlos

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  4. Se inaugura con Nicea un período de 1.000 años de oscurantismo, es decir la EDAD MEDIA.La recuperación parcial se iniciará con el Renacimiento, y más tarde con la Ilustración, pero no en su totalidad, después de haber destruído el catolicismo todas las pruebas en su contra.Se da el caso de saber de la obra de un filósofo griego,CONTRA LOS CRISTIANOS por la crítica que el cristiano católico ORÍGENES hace de la misma.¡¡¡!!!.Y sobre todo el ocultamiento de una auténtica vida del gran galileo de Nsazaret, convertido en Cristo= Ungido, cuando sabemos que los "ungidos" =untados de aceite, sólo lo eran los reyes y Sumos Sacerdotes, y él no fue ni una cosa ni otra. Ni pretendió jamás crear una religión, sino hacer al hombre más humano.Evidentemente, esa iglesia, creada en su nombre, fue la antítesis de la voluntad del galileo.

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  5. A los CINCO PUNTOS señalados por el autor Cabodecabo yo contrapongo otros CINCO. Con estos:
    I) La organización unitaria y su voluntad de PODER.
    II) El monoteismo cristiano-católico no fue nunca una postura ilustrada y progresista (¡¡qué sarcasmo!!), frente a la libertad de los cultos paganos,
    III) La ética de ascetas y mártires cristianos fue el triunfo del fanatismo.
    IV) Unidad y disciplina de la comunidad cristiana no fue otra cosa que el triunfo, "manu militari", del fundamentalismo fanático más atroz de todos los tiempos.
    V) Su capacidad de control de la totalidad del ser humano , mental (confesión) y físicamente .Jamás la libertad fue respetada por la nueva fe, o doctrina. Eso sí: En nombre de Dios. O sea AMDG

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