La muerte de Jesús y la fundación de la Iglesia cristiana
Digo en principio, porque en caso de que así fuera, no fue una crucifixión normal; En el Imperio Romano se reservaba la crucifixión para delitos políticos por lo que sorprende que a su lado ejecutaran a dos simples ladrones; las posibilidades son varias... puede que sean una alegoría de la dualidad humana, del bien y del mal, con una última alusión al arrepentimiento y al perdón... o puede que aquellos dos hombres no fuesen bandidos sino algo peor, zelotes o revolucionarios contra el Imperio. Además, el fin último de crucificar a un hombre era, básicamente, que sufriera todo lo humanamente posible. Por eso se le quebraban las piernas, para que su cuerpo se venciera por la gravedad y el dolor tirara de él hacía arriba, castigando los brazos y dificultando poco a poco la respiración. Era una muerte innoble y, en condiciones normales, el sufrimiento se prolongaba durante tres o cuatro días. Sin embargo, Jesús falleció al cabo de cuatro horas, cosa que sorprendió al mismo Pilatos, que autorizó la bajada del cuerpo porque los judíos no permitían dejar a un muerto sin sepultura y no quería problemas adicionales con los seguidores del nazareno. Fue entonces, si hacemos caso a las escrituras, cuando el cuerpo desapareció del sepulcro propiedad de José de Arimatea para ser visto días más tarde, en varias ocasiones.
La muerte de Jesús debió de ser un golpe casi decisivo para sus seguidores; Para los suyos, es fácil suponer que Jesús era el líder mesiánico tantas veces esperado, aquel que debía liberarles del yugo romano. Sin embargo, el nazareno murió sin haber cumplido su empresa; este hecho motivó un inmediato cambio de planes, con lo que inmediatamente después de su muerte su imagen fue cambiando hacía la de un redentor del judaísmo desde dentro, gracias a su resurrección, de forma que pudiese ser mejor comprendidos por quienes se iban a convertir en su público mayoritario: los gentiles. El auténtico artífice de esta nueva interpretación – o de este engaño – fue Pablo de Tarso que, decidido a reinventar la figura del hijo de Dios, transmitió una imagen diametralmente opuesta de él y de su obra, por medio de sus famosas “epístolas”. De un plumazo desaparecieron las connotaciones más políticas de Jesús de forma que fueron las fuerzas demoníacas del mal, y no Roma ni los judíos, las verdaderas responsables de su muerte. Pablo culminó su obra desposeyendo a Judea, a Israel, de su lugar de privilegio y extendió la gracia a la humanidad entera, en la medida en que la resurrección eliminaba la necesidad de proclamar su reino en la tierra; el verdadero, el “bueno”, quedaba ubicado en lo alto del firmamento.
El bueno de Pablo de Tarso no tuvo conciencia de dos cosas: primera, que acababa de inventar el departamento de marketing y, segundo, que iba a cambiar el mundo de manera irreversible, creando el personaje más influyente de la historia de la humanidad. Curiosamente, nuestro progreso no nos alcanza para resolver este entuerto sino más bien al contrario; tanto teólogos como hombres de ciencia se plantean preguntas alrededor de la figura de Cristo, de la fe, de la vida más allá de la muerte y de nuestro propio propósito que jamás conseguiremos cancelar totalmente. Todo lo más, nos ayuda a convivir con la pregunta o a calmar parte de la impaciencia o de la angustia que sentimos ante ella. Es más, la mayoría de las personas reaccionan de forma alterada a la posibilidad de verificar que “hay algo”, que éste es solo nuestro primer e incompleto capítulo... en una palabra, preferimos la duda a la certidumbre, sea esta cual sea.
Quizás lo mejor sea imitar a Bertrand Russell que, preguntado acerca de la posibilidad de aceptar la presencia divida, de aquella que siempre negó, y de encontrarse en un futuro en el reino de los cielos, contestó: “Entonces diría: Señor, no nos diste demasiadas pruebas, que digamos” para inmediatamente “...extenderle cortésmente mi mano, ya que soy persona educada, y preguntare a que demonios se ha estado dedicando todo este tiempo...”
Post escrito por el bloguero invitado Luis Caboblanco
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- La historicidad de Jesucristo (III): La muerte de Jesús y la fundación de la Iglesia cristiana
- La opinión del lector...
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