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12.2.07

Fabio Máximo

Las guerras púnicas han sido una fuente inagotable de grandes historias y aún mayores biografías, utilizadas con posterioridad como ejemplos de moral o conducta. Tal fue el papel que desde buen inicio asignó Plutarco a sus Vidas paralelas. Si hay algún personaje que ejemplifica este carácter moralizante, este es el de Fabio Máximo, epítome de la prudencia y la no acción como forma de acción...

I Habiendo sido Pericles en sus hechos, dignos de memoria, tan admirable como queda dicho, convirtamos ahora a Fabio Máximo la narración. Algunos dicen que de una Ninfa, y otros que de una mujer del país ayuntada con Hércules en la orilla del río Tíber, nació el varón de quien desciende el linaje magno e ilustre de los Fabios, de los cuales los primeros, según quieren algunos, por el género de caza con hoyos a que fueron dados, se llamaron Fodios en un principio; con el tiempo mudadas dos letras, se dijeron Fabios. Fue fecunda esta casa en muchos y esclarecidos varones, y desde Rulo, el más insigne de ellos, que, por tanto, fue denominado Máximo por los Romanos, era cuarto este Fabio Máximo de quien vamos a hablar. Éste, de un defecto corporal, tuvo además el sobrenombre de Verrucoso, porque encima del labio le había salido una verruga; también el de Ovícula, que significa oveja, el cual se le impuso por su mansedumbre y sosería cuando era muchacho, porque su sosiego y silencio con mucha timidez cuando tomaba parte en las diversiones pueriles, su tardanza en aprender las letras y su apacibilidad y condescendencia con sus iguales pasaban plaza de bobería para los extraños, siendo muy pocos los que bajo aquel sosiego descubrían su natural firmeza y magnanimidad. Bien pronto después, cuando con el tiempo le excitaron los negocios, hizo ver a todos que era imperturbabilidad la que parecía ineptitud: prudencia, la apacibilidad y seguridad y entereza, la dificultad y tardanza en determinarse, poniendo la vista en la extensión de la república y las continuadas guerras, ejercitaba su cuerpo para los combates como arma natural y cultivaba la elocuencia para la persuasión al pueblo de la manera que más conformaba con su carácter. Porque su dicción no tenía la brillantez ni la gracia popular, sino una forma propia sentenciosa, llena de cordura y profundidad, muy parecida, dicen, a la frase de Tucídides. Todavía nos queda una oración suya al pueblo, que es el elogio fúnebre de su hijo, que murió después de haber ya sido cónsul.

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