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24.6.07

Los excesos de Calígula (V)

Calígula, militar cobarde e incompetente

De un emperador se podía aceptar que fuera tanto cruel como excesivamente bondadoso, que tuviera apetencias sexuales desmedidas o que fuera afeminado; sin embargo, lo que era inconcebible es que fuera una nulidad como líder militar. No es de olvidar que el propio título de emperador tiene como origen la aclamación que los soldados daban a su general victorioso. Por lo tanto, la nefasta imagen que del Calígula soldado nos deja Suetonio es probablemente la mayor de las afrentas que un romano puediera recibir...

Suetonio dice así...


XLIII. No soportó más que una vez las fatigas militares y aun ésta sin desearlo. Había ido, en efecto, a ver el río Clitumno y el bosque inmediato, y avanzó desde allí hasta Mesania; le aconsejaron en aquel lugar que completara la guardia bátava que entonces le rodeaba, y en seguida emprendió la expedición de Germania. Sin perder momento, mandó venir de todos lados legiones y tropas auxiliares; hizo levas rigurosísimas; ordenó todo género de bastimentos en cantidades nunca vistas y se puso en marcha caminando unas veces con tal rapidez que, para seguirle, las cohortes pretorianas se veían obligadas a cargar las enseñas en bagajes, en contra de la costumbre; hacíalo en otras con tanta flojedad y molicie que se hacía llevar por ocho esclavos en una litera, y los habitantes de los pueblos vecinos recibían orden de barrer los caminos y regarlos para que no se levantase polvo.

XLIV. Cuando llegó al campamento quiso mostrarse como un general rígido y severo; despidió ignominiosamente a los legados que habían acudido tarde con las tropas que debían llegar; revistió al ejército, y con el pretexto de que estaban viejos y extenuados, licenció a la mayor parte de los centuriones primipilarios que se encontraban en edad madura, cuando faltaban a algunos muy pocos días para cumplir su tiempo. Acusó a otros de avaricia, y redujo a seis mil sestercios el premio de los veteranos (99). Todas sus hazañas se redujeron a fin de cuentas a recibir la sumisión de Adminio, hijo de Cimbelino, rey de los bretones, el cual, expulsado por su padre, vino a refugiarse a su lado acompañado de un reducido séquito. Entonces, como si hubiese subyugado, toda Bretaña, escribió a Roma pomposas cartas y mandó a los correos que fuesen en carro al Foro y al Senado, entregándolas sólo en manos de los cónsules y en el templo de Marte, en presencia de todos los senadores.

XLV. Poco después, no teniendo a quién combatir, hizo pasar al otro lado del Rin a algunos germanos de su guardia con orden de ocultarse y de venir después a anunciarles atropelladamente, después de comer, que se acercaba el enemigo. Así lo hicieron; y lanzándose al bosque inmediato con sus amigos y una parte de los jinetes pretorianos, hizo cortar árboles, adornólos con trofeos, y regresó a su campamento a la luz de las antorchas, censurando de tímidos y cobardes a los que no le habían seguido. Por el contrario, los que habían contribuido a su victoria recibieron de su mano una nueva especie de corona, a la que dio el nombre de exploratoria, y en la que estaban representados el sol, la luna y las estrellas. En otra ocasión hizo sacar de una escuela a algunos jóvenes rehenes, les mandó marchar secretamente y abandonando de pronto una reunión numerosa de convidados, los persiguió con la caballería como fugitivos, los alcanzó y los trajo cargados de cadenas, porque también en esta repugnante comedia había de violar las leyes de la humanidad. Volvió en seguida a ocupar su sitio en el festín, y habiendo llegado soldados a anunciarle que la tropa estaba reunida, hízolos sentar a la mesa, armados como estaban y los exhortó, citando un verso célebre de Virgilio, a vivir y conservarse para tiempos mejores. Desde el campamento reconvino a los senadores en un severo edicto, porque solamente pensaba en la mesa, Circo, teatro y en agradables partidas de campo, mientras el cesar estaba peleando.

XLVI. Por último, se adelantó hacia las orillas del océano a la cabeza del ejército, con gran provisión de balistas y máquinas de guerra y cual si proyectase alguna grandes empresa; nadie conocía ni sospechaba su designio, hasta que de improviso mandó a los soldados recoger conchas y llenar con ellas sus cascos y ropas, llamándolas despojos del océano debidos al Capitolio y al palacio de los césares. Como testimonio de su victoria construyó una altísima torre en la que por las noches, y a manera de faros, encendieron luces para alumbrar la marcha de las naves. Prometió a los soldados una gratificación de cien duleros por cada uno, y como si su gesto fuese el colmo de la generosidad, les dijo: Marchad contentos y ricos.





Los excesos de Calígula: Introducción

  1. El gran derrochador
  2. Personalidad al borde del desequilibrio
  3. Incitatus, su caballo
  4. Su vida privada y sus vicios públicos
  5. Militar cobarde e incompetente

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1 comentario:

  1. VI LA PELICULA RECEINTEMENTE Y ME PARECIO IMPRESIONANTE (ESTOY EBRIO XP) NO PUEDO CREER QUE EXISTIERA UN HOMBRE ASI SIN EMBARGO POR EL CORTO TIEMPO QUE DURO SU REINADO (ALREDEDOR DE 5 AÑOS) PUEDE DENOTARSE Q LLEGO A SER ODIADO Y EL COMPLOT YA SE VENIA HACE RATO.

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