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2.5.07

La batalla de Alesia: Se cierra la pinza sobre César

Vercingetórix, a la espera de refuerzos

Mientras esperaban la llegada de los refuerzos, las condiciones de vida en Alesia se iban endureciendo: Con 80.000 soldados y población civil, los suministros comenzaron a escsear. Los Mandubios (tribu gala a quien pertenecía la fortaleza de Alesia) decidieron expulsar a las mujeres y los niños de la ciudadela, esperando con ello ahorrar comida para los guerreros, y esperando que la clemencia de César les permitiese partir. Sin duda, esto hubiera sido tambien una buena ocasión para distraer a los romanos, y forzar una salida del ejército galo. Sin embargo, César ordenó que no se abriesen las puertas del doble anillo de fortificaciones, y dejó a las mujeres y niños a su suerte en tierra de nadie, esperando a morir de hambre entre las paredes de la ciudad y la circunvalación. Con el tiempo, esta visión lastimera de su gente sirvió para empeorar aún más la moral de los defensores de la fortaleza. Vercingetórix luchaba por mantener el ardor guerrero de su gente, pero se enfrentaba a la amenaza de rendición por parte de sus hombres. Justo cuando la situación se tornó más desesperada, sonaron en la distancia las trompetas anunciando la llegada de las ansiadas tropas de refresco, procedentes de toda la Galia.

César, atrapado entre 2 frentes

A finales de septiembre las tropas galas, dirigidas por Commio, acudieron en refuerzo de los fortificados en Alesia, y atacaron las murallas exteriores de César. Vercingetórix ordenó un ataque simultáneo desde dentro. Sin embargo, ninguno de estos intentos tuvo éxito y a la puesta del sol la lucha había acabado. Al día siguiente, el ataque galo fue bajo la cobertura de la oscuridad de la noche, y lograron un mayor éxito que el día anterior. César se vio obligado a abandonar algunas secciones de sus líneas fortificadas. Sólo la rápida respuesta de la caballería, dirigida por Marco Antonio y Cayo Trebonio salvó la situación. La pared interna también fue atacada, pero la presencia de trincheras, que los hombres de Vercingetórix tenían que llenar para avanzar, les retrasaron lo suficiente como para evitar la sorpresa. Para entonces, la situación del ejército romano también era difícil. La comida comenzó a racionarse y los hombres estaban casi exhaustos.




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