Los Macedonios, dentro del mundo griego, representaban un papel un tanto especial: Siendo parte de la cultura de sus vecinos atenienses, espartanos o jonios, y compartiendo su misma lengua, mantenían unos rasgos un tanto diferenciales, siendo vistos por estos como sus vecinos "bárbaros" del Norte. Su apego por la filosofía y por las artes era relativo. Su inclinación por la caza y las artes venatorias, congénito. Su gusto por la metafísica o la retórica, escaso. Su deriva hacia las ingestas masivas de comida y alcohol, olímpicas.
Sin lugar a dudas su talante era mucho más áspero que el de los atenienses, y siendo aguerridos y salvajes en el combate, carecían de la disciplina y el orden de los lacedemonios.
Entonces, ¿qué les hizo imponerse sobre los demás griegos?
Los factores fueron varios:
Indudablemente, el cansancio militar de las demás polis griegas, que tras las guerras contra los persas, se enzarzaron en uno de los episodios bélicos más tristes de la Historia: La fratricida Guerra del Peloponeso.
Como segundo factor del éxito militar macedonio cabe destacar la lucidez y capacidad de liderazgo de sus generales, primero Filipo y más tarde su hijo Alejandro. No creo que haga falta extenderme más sobre este aspecto...
Pero lo anterior no sería nada si no hubiera un pequeño detalle adicional, un sentido del sacrificio, del pundonor guerrero fuera de toda medida. Si algo caracterizaba a los macedonios era un sentido innato de la competitividad militar, una voluntad de alcanzar la excelencia en el campo de batalla pero destacando por encima de los demás y que se les inculcaba desde pequeños.
Valerio Máximo, en el libro III de sus "Hechos y Dichos memorables" nos lo ejemplifica a la perfección con la siguiente anécdota:
Según una vieja costumbre macedonia, niños de muy nobles familias asistían al rey Alejandro cuando celebraba sacrificios. Uno de ellos, cogiendo un pebetero, se colocó delante del rey. Un carbón encendido cayó sobre su brazo y aunque se quemaba tanto que el olor de su cuerpo chamuscado llegaba hasta las narices de los que estaban a su alrededor, sofocó, sin embargo, en silencio el dolor y mantuvo su brazo inmóvil para no interrumpir el sacrificio de Alejandro moviendo el pebetero o para no quebrantar el ritual religioso profiriendo un gemido. El rey entonces, viendo con deleite la capacidad de sufrimiento del niño, quiso precisamente por ello probar su perseverancia. Prolongó deliberadamente el sacrificio más tiempo del debido, pero ni siquiera esto le hizo desistir de su decisión. Si Darío hubiera podido poner sus ojos sobre un espectáculo tan maravilloso, habría podido saber que soldados de una raza así no podrían ser vencidos, al advertir de qué fuerza estaba dotada una niñez como ésta.
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